Sentados uno frente al otro, apoyados parcialmente en la pared, comienzan el rito autoimpuesto.... Al principio los ojos cerrados suavemente, acostumbrándose así, a la idea de rescatar su propia imagen... Al cabo de un rato, párpados que se oprimen fuertemente, casi con angustia, impidiendo el paso a la más mínima fuente de luz. Ojos sabios, que se vuelcan en una mirada interior, en una inconfundible mirada exploratoria, para conocerse, para saberse a si mismos. Sabiduría que no quiere ser presa de la imagen captada por un espejo, artefacto en muchas ocasiones, traidor... Al rato, la imagen del rostro se ha borrado. Ahora, las manos pueden hacer su trabajo. El tacto, su propio tacto sobre el rostro ahora sin imagen, empieza a traducir lo que siente. Lo que palpan esos dedos sigilosos que tocan, inusualmente rostros, y que ahora están allí, desplazándose, ascendiendo y descendiendo, apretando, hundiéndose en la piel, con ganas de sentir, de interpretar célula, tras célula de esa materia, que es más que eso. Que es fondo, que es alma, que es locura, errores, esperanzas y deseo reprimido o renaciente... Se autorrecorren en diferentes direcciones, ya sea desde la sien a las orejas, desde los pómulos hasta la frente, desde el mentón hacia los lóbulos, como sea, cada uno dejándose llevar por su propia necesidad de sentirse, de interrogarse o más aún, por un incipiente morbo. Se posesiona de ellos, un extraño interés por descubrir aquello que no es lo cotidiano, que no es lo usual, que no es lo maquillado o lo afeitado cada día, sino mucho más. La oscuridad interna resulta una delicada y sensual compañera de este rostro irreal, desconocido para si mismos y mas aún para otros. Si alguien los viera desde el exterior no dudaría en definir lo observado, como un erotizante preludio de acto amatorio. Es una fiesta de complicidad entre tacto y rostro sin facciones. Una orgía en realidad, porque esas manos ya no podían detenerse, estaban descubriendo su realidad, una oscura realidad que de pronto, de tanto negarla dolía o, de tan blanca daba risa. Tocaron lunares, pequeñas grietas, sintieron hendiduras, marcas, cicatrices, suavidad y porosidad, humedad y resequedad. Que festín de contradicciones. Eso eran en su escencia. Habían logrado quitarse la máscara de piel. Esa que los otros quieren ver, que los otros necesitan creer real y que ellos, lamentablemente deben llevar como esclavos silentes. Si pudieran plasmar lo que sintieron, si llevaran a la plástica aquello sentido. Si reflejaran en masa, yeso, o greda podrían ver definitivamente su rostro. Y podrían reir, poniéndose una máscara que realmente no sería tal... no sería su máscara, sería su rostro. ¿Tus manos que serán capaces de ver? ¿Cómo será ese rostro que ocultas tras tu máscara rutinaria? Yo ya estoy descubriendo el mío ¿ Y tú? |
November 2, 2006
Aprendámonos
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4 comments:
Si... éste es definitivamente un ejercicio hermoso... lleno de significados. Si lo amplías a tocar el rostro del otro se transforma en un descubrir por completo otra realidad...
Me gusta mucho éso de descubrirse y sé que es así, sé que uno se puede ver desde la oscuridad de los ojos y la luz de los dedos...
(leí la explicación del post anterior, gracias)
Sí, el tocarse mutuamente con los ojos bien cerrados es un acto de sensualidad suprema, que me inspira mucho. Ya irá la otra patita,
Leer por las yemas es casi tan profundo como leer por los labios.
Yo tampoco busco los detalles, tampoco me gusta lo usual,realmente explorar hasta donde puedo llegar, trato de ver mas alla, urgar en realidad, revolverla un poco, alejarme sin dejarla, porque tambien tengo mis vicios, y tampoco los quiero abandonar.
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